Estaba maravillado, por los vericuetos a donde me llevaba su imaginación; macondo era, como hoy, la ciudad de los espejos o los espejismos, era tan nueva para mí, que la primera sensación fue la de haberme perdido. Sí, caminaba por sus calles calurosas, donde los pajaritos se estrellaban contra los ventanales de las casas blancas (cuyo color así lo dispuso el patriarca de los Buendía), donde remedios la bella despedía ese olor a tragedia para quienes llegaran a amarla. Era un sueño, la tarde que conocí a Gabo lo vi de perfil, sereno, grande, misterioso, voluminoso, era un tomo de medio millar de páginas, las que contaba la historia de una estirpe, que por ser irrepetible, fue condenada a cien años de soledad.
Hace poco, casi 15 años después me reencontré con él, estaba un poco arrugado, era un viejo conocido, había leído sus libros, la mayoría de ellos. Vaya que sorpresa, en mis andares dentro de un centro comercial capitalino, vi la edición conmemorativa de Cien Años de Soledad, mi emoción no pudo más que acabé adquiriendo un ejemplar de la obra literaria, que estoy seguro cambió la idea narrativa de más de un escritor latinoamericano. Gabriel García Márquez, escribidor de fantasías y realidades, de costumbres y hechos, moldeador de la palabra hecha arte; contó sus memorias como lo hacen los grandes, yo creo que hasta las putas tristes son felices al saber que existe.
Puede que este libro, que ahora está en mis manos, sucumba ante tanta tecnología, pero el idilio con Gabo no sucumbirá de ninguna manera, me perderé en las hojarascas de sus libros, en sus mariposas multicolores, en sus pescaditos dorados, los 17 aurelianos volverán a morir uno por uno; en fin, todo el universo de Macondo será mi universo, gracias a un escritor que supo llegar a mí. Desde esta pequeña tribuna, un homenaje a Gabo.
1 comentario:
que buen homenaje, aquien se lo merece x compartir su imaginacion y no trata de hacer ver las cosas de otra manera.
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