Jamás pensé encontrarla en el mismo barco, pensé en tenerla desnuda, conociendo palmo a palmo aquella exuberante anatomía, acariciando ese cabello que siempre cuidaba como joya preciada, regalo de bodas. Estaba ahí, con su ropa de invierno y jean vaqueros, sí, jean azules.
A pesar de conocerla poco y mucho a la vez (sé que ella me entiende), más de una vez intuí que es mi alma gemela. Estoy seguro que siempre los dos sucumbimos al mismo maldito amor, fuimos víctimas confesas del enfermizo y terrible amor que nos hizo comprar los boletos en el mismo barco.
Solo quería besarla, demostrarle que mis besos eran mejores que de él, quería acariciarla, quería hacer el amor sin tocarnos. Ella con su mirada fría, pero a la vez llena de cariño me decía que no. Estaba enamorada, no de mí, sino del mismo amor que nos agarró a los dos, aquel que a veces te hiere y lastima y otras (veces) te da la vida y te la quita.
En el viaje, aprendimos a contar nuestras cosas en clave, seguir las historias con las miradas; vaya historias! Ella en Londres y yo en París, distantes, distintos, pero aprendiendo poco a poco, que los sueños son precisamente lo que son: sueños. Asimilando que el destino está hecho para todos, como una novela capitulada y con final cantado, somos actores y autores de nuestra vida mi amor.
Yo con mis lentes que me ocultan las patas de gallos que el destino nunca deja de cobrar, mi casaca marrón, lindo, lindísimo para ella, bueno, Mildere siempre fue gentil, es una buena pobre, comiendo migajas, hace al más desarropado del mundo, en un príncipe azul de leyendas y cuentos de hadas. Por fin accedió acostarse conmigo, en aquel barco cuyo destino al fin no sabremos nunca, ahí sería mi primera vez, la de ella no, porque ella jamás lo hiciera sin amor. En cambio, yo humano mundano, el amor solo sirvió para enclavarme en senderos de cuyos vericuetos no pude salir, para ella el amor lo era todo, hacer el amor sin amor, no existía para ella ¿Será que no me amó ni un solo instante? Porque su mirada bastó para desistir de mi oferta. No, me dijo, sin amor no vale ¿a quién le importa el amor, pensé?. No, me bajo en el próximo muelle, me susurró al oído.
Las gaviotas volaban bajo, el sol apenas dejaba ver algunos de sus rayos. Yo estaba feliz al saber que ella no había cambiado, y si bajaba en aquel muelle silencioso, era para luchar por su amor, luchadora empedernida de amores perros. Mildere, se sujetó de mis hombros diciéndome con la mirada, lo mucho que me quería.
A los pocos minutos el barco zarpó, vi su figura despedirme desde el muelle, el sol apenas avistaba su magnificencia. Comprendí que sería un viaje largo, solitario, sin embargo fructífero. Hoy, en tierra firme y contento de saber de ti, firme luchadora del amor, me siento orgulloso que abandonaras el barco, en el momento oportuno y el muelle exacto: Besos para ti y págame de una vez lo que me debes, si quiera con una sonrisa.