martes, 5 de mayo de 2009

Mi puta triste

No recuerdo ni su nombre, me vinculo a ella después de 25 años, un aproximado que el tiempo inmisericorde puede tasar sobre esta historia.
Celia, me dejaba en mis labores académicas mientras se iba a la chacra, al volver yo tenía todo listo: la tarea, las escapadas al río, el uniforme planchadito para el día siguiente. Todo, hasta una irascible visita que hasta ahora me retuerce la conciencia ¿qué habrá sido de ella?

Ella, cuyo nombre no recuerdo, me acogía una o dos horas cada tarde, su carácter era simple, su cabello liso, su labrada y erosionada piel dejaba entrever muchas décadas, líneas de expresión que disimulaba muy bien con capas enteras de maquillaje barato. Ella era (no sé si lo sigue siendo), una empedernida del orden, maniática de la perfección, la pulcritud de mis tareas así lo demostraban.

Al verla sola, aquel día de la madre, me acerqué a saludarla, era medio día y el brasero ubicado en la huerta de mi abuela expelía olores exquisitos. Celia, me agarró de las manos diciéndome: hijo no tienes porqué saludarla Ella no es madre, la frialdad de mi abuela me hizo suponer enemistad con la mujer que me albergaba todas las tardes y me daba amor de madre (imagino).

Al regresar de la escuela la habitación que Ella ocupaba estaba vacía, desde aquel entonces mis tardes ya no fueron las mismas, extrañaba su olor a jabón Camay, el aroma de sus potajes, su mirada simple y eternamente triste. De Ella no supe más. Mi abuela Celia, mandó a pintar el cuarto y a los pocos días le rentó a un ridículo jubilado que en sus años mozos fue mago de circo.

Una tarde, mientras estrenaba mi bicicleta de Cross, Ella se me acercó, me miró con tanta alegría que no me quedó otra que corresponder a esa emoción. Le pregunté por qué abandonó la casa sin despedirse, mas Ella solo me acarició el cabello y se fue, refunfuñando en voz baja algo que no pude descifrar.

Tal cual se lo conté a mi abuela y de castigo por haber conversado con esa pérfida mujer, me llevó a la chacra por dos semanas. Fue así, una tarde de lluvia, mientras tomábamos un pocillo de café, me confesó que despidió a la inquilina por ser una mujer de la vida y que yo no debería haber hecho amistad con ella, precisamente porque las putas (así se llaman aquellas que venden su cuerpo, hijito) son mal ejemplo de la sociedad. No pregunté más, sentí una pena tan profunda por varias cosas, no sabía que era ser una mujer de la vida, pensé que Puta era solo una mala palabra, mi abuela no fue muy explícita en ello y me apuró en tomar el café, porque la noche se nos venía encima.

Ahora frente a este computador, solo puedo testificar que Ella me dio el más puro de los amores, recuerdo su calidez de alma y de corazón. Con el tiempo, aprendí que las personas no son personas por tener nombre, sino por la profundidad de sus hechos.

Seguro Celia habría estado más tranquila luego de su decisión, al poco tiempo aprendí a hacer magias, a leer el Tarot español y a predecir el futuro…

4 comentarios:

Groder Torres dijo...

excelente lectura. buen estilo. sigue adelante...seguire tus escritos.

saludos

gipaga dijo...

Sin duda mi amigo Lucas esta lectura que nos brindas es pues uno de los tantos ejemplos de que en esta vida aveces se juzgan a las personas de manera injusta, sin poner en una balanza sus virtudes Vs sus defectos. Porque es más fácil ver los defectos que las virtudes.

Luis Mere dijo...

Chevere Profe! =D

lurevil dijo...

amigo sancho, siempre nos haces prendernos de tus relatos, muy buena, sigue asi amigo