Desde la oficina de mi casa, puedo observar un joven Cedro que se eleva de la pradera que termina en el río, su imponencia no se puede disimular, sus ramas enormes siempre dan sombra a los trabajadores que siguen construyendo el condominio, así como también a cientos de pajarillos que se detienen ahí para descansar.
Me pregunto, cómo hace para seguir de pie, sin que nadie lo proteja, sin que lo cuiden, sin sentirse querido (un estudio reveló que las plantas tienen alma y energía); podría suponer varias hipótesis, una más descabellada que la otra, sin embargo solo me limitaré a observarlo plenamente en este domingo en el que también me siento solo, en el que me siento como él, no tan grande quizá, pero lleno de fuerza y abatimiento (qué contrariedad), y con toda sinceridad con este artículo pretendo llegar a la catarsis que me hace falta.
El Cedro, el día de hoy soportó dos pequeños temporales de viento y lluvia, cobijó por la mañana a una veintena de trabajadores que dejaron basura al costado de su tronco, en apariencia, no obtuvo nada a cambio; ahora que son las cinco de la tarde, se mueve tímido, erguido sobre árboles de palta, mangos y plátanos ¿sabrá que algún día lo talarán por su fina madera? Haz el bien sin mirar a quien, reza un dicho, creo que el Cedro lo aprendió de alguna u otra forma. Y eso deberíamos aprender todos, a no quejarnos de lo que nos toca, sino a celebrarlo, aceptarlo y usarlo como algo nuestro.
Las cosas suceden por algo, mientras escribo esto, supuse que las hojas del viejo cedro, están llenas de polvo y tierra, y es verdad, solo basta ver que sus hojas no brillan como en la mañana. Es mágico, acabo de estrenar un álbum recopilatorio de Sarah Brightman, y en su melodiosa voz, escucho la versión: Dust in the wind (polvo en el viento). El Cedro y yo deberíamos estar agradecidos, para él se viene una lluviecita y para mi, alegría en el corazón ¡Nada está perdido!