Y siempre lo supo, llegó a esa conclusión que a pesar de estar viviendo sus últimos días y alejado de la gloria que lo acompañó por 78 años. Se levantó de su sillón; no podía caminar, su cuerpo no respondía a los caprichos de su alma, cogió el viejo y rojo libro de Vladimir Lenín y sintió un ligero vértigo que lo alejo de su trivial realidad.
Remitió siete cartas, cada uno con un destino diferente, ¿Qué contenían?¿A quienes se remitían?. Era un secreto, por lo menos diez años antes que desaparezca, todo lo convirtió en secreto, sus pensamientos, sus escritos, los balbuceos en los últimos momentos de su vida, todo se resumía a un pacto entre su pensamiento y su mirada, de su boca no salía nada.
Recibió la carta, la abrió, no encontraba algo coherente en ella, más que la foto que se tomó 40 años antes, en un paseo familiar; creyó que su padre estaba muerto, al reverso de la foto se mostraba una fecha. Rocío no podía explicarse porqué, “una locura más de mi padre, pensó y cerro el sobre.
“Si algún día viviré de algo, les aseguro que será de mi locura”, se decía con frecuencia mientras caminaba en su estrecho cuarto, con piso de tejas rojas y amplios ventanales. Luis con toda sinceridad, pertenecía a esas estirpes que el tiempo no doblega, que la razón no encuentra sentido, sus hijos y esposa lo tenían como un loquito agradable, al que había de dar mucho amor, para que no se sienta agredido.
La segunda carta llegó dos meses antes del gran día, el destinatario arribaba del pueblo donde Luis tenía en la Plaza Mayor una estatua en su nombre; el destinatario, contemporáneo suyo, odiaba visceralmente al remitente y a la propia estatua, nunca llegó a comprender como el poder lo envileció tanto: ojalá te mueras, maldito infeliz, pensó mientras imaginaba a Luis, en sus días de diputado.
“¡Vamos todos! No nos dejemos vencer por los hijos de puta que nos quieren quitar nuestros derechos, tenemos que reivindicarnos, el Gobierno no puede contra nosotros, somos más, es injusto que la carretera no llegue aún por Tarapoto, es injusto que nuestros hijos no conozcan Lima”, diciendo esto, se enfrentó a un tumulto de policías que estaban a la espera de una orden para poder matarlo, un estremecedor sonido se esparció por el lugar, mientras que los manifestantes consternados, huían despavoridos por el monte. Solo unos pocos quedaron en pie de lucha, en pie de guerra, dispuestos a todo… (Continuará)
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