Hoy es una de esas noches alejado del sueño, donde ni el cansancio ni la noche fría son aliados para poder pegar los ojos.
Se puede intentar de todas las formas, posiciones, con o sin almohada... el tiempo transcurre más lento de lo normal, de nada sirve estar pendiente de la hora, pareciera que el reloj si cayó a los brazos de Morfeo, sus agujas, sus perillas que enumeran y contabilizan el tiempo, se detienen cual enamorados en busca del beso perfecto.
Lo real es que se está haciendo costumbre o una clase de nuevo horario -que mi confundido reloj biológico acepta con resignación- lleno de cosas en la cabeza que te hacen reflexionar, como un autoanálisis que la soledad se encarga de bombardear con muchos cuestionamientos (absurdos casi siempre, caseros de mi poca luz nocturna); casi siempre son las mismas preguntas, y lo primero que piensas es en el cambio respecto a lo que tenias en mente las noches anteriores.
Al cabo de unas horas, ya en la mañana, cuando el sol con su vehemencia impregna tibiamente sus ánimos de vida, te das cuenta que son respuestas recargadas de rabia y confianza, producto del divorcio con uno mismo, de lo que se hizo y de lo que ahora estas dispuesto hacer.