Frente
a mi, está sentada una vieja, cuyo pelo cano brilla con el sol de la tarde, a
mi diestra hay un tipo que no sobrepasa los 20 años de edad y tararea como loco
una canción ochentera; de pronto ambos casi simultáneamente me hacen la
conversa.
Los
ojos de la mujer están llenos de locura, me pregunta si creo en el destino, el
veinteañero por su parte saca una baraja de cartas y se ofrece a leerme el
destino. ¡No ves que al joven no le interesa! Dijo la octogenaria dando un
salto del asiento donde reposaba; el tipo de mirada fría y serena se limitó a
sonreír diciéndole que no habla con gatas, mucho menos si son viejas. No
acababa de salir de mi asombro, cuando nuevamente Eliana bailó (según ella una
vieja canción gitana), recuerdo claramente el estribillo de su voz chillona: “El
gato está muerto y sus lágrimas gotearon por tu tejado, espera que se llene y
entrega tu alma pura a doña Luna”.
Me
levanté intempestivamente (no sin antes observar el pie derecho del joven,
lleno de tatuajes de todo tipo, hasta la altura de media pantorilla), no
soportaba a la vieja ni al muchacho y juré nunca más sentarme en las gradas de la Iglesia.
Llegué
a casa cansado y convencido que fue una experiencia más; al quitarme de encima
la camisa, algo cayó del bolsillo y era una carta egipcia, con la imagen de un
hombre colgado, un frio y estremecedor aire pasó por el lugar, no sé como hubo
de parar allí aquella carta. Taciturno, me acerqué a la ventana, la luna estaba
llena, el sonido de los gatos que peleaban y maullaban me recordó a la vieja.
Encendí el televisor para ver “Cinema Paradiso”, al poco tiempo, el sonido de
un golpe secó me sacó de mi mundo, salí corriendo de mi habitación y encontré
en el jardín un gato mojado. Pasaron los días y el gato se convirtió en mi
compañía. Justo a la hora de escribir este cuento, está ahí, en mi sofá
acariciando su pelaje, cuidándome, queriéndome y alegrando mis días con sus
pequeños aullidos.
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